Cosas que no dejan recibo
Debe existir en alguna parte una balanza para estas cosas.
No una de las que pesan manzanas, maletas o culpas (aunque para estas últimas seguramente ya inventamos demasiadas), sino una capaz de recibir todo aquello que hacemos sin que necesariamente quede algo para mostrar después.
Uno llegaría y vaciaría los bolsillos sobre el mostrador: lo que hizo, lo que resolvió, una preocupación que cargó durante días, una decisión que nadie supo que tuvo que tomar, dos problemas que todavía no existen pero podrían existir el jueves, el cansancio de pensar en mañana mientras todavía intenta terminar hoy.
El encargado no preguntaría demasiado. Estaría acostumbrado a personas con los bolsillos llenos de cosas que no se ven.
Lo pondría todo encima y, quizá por unos segundos, uno tendría la tranquilidad de pesar lo suficiente.
Pero la balanza no existe.
En su lugar tenemos una contabilidad más rudimentaria: la de las cosas visibles. Contamos quién estuvo, quién hizo, quién resolvió aquello que podía señalarse con el dedo. Nos gustan las evidencias: una habitación ordenada, una puerta reparada, o cualquier cosa que deje registro de lo hecho.
Lo demás tiene una existencia sospechosa.
Porque hay esfuerzos cuyo resultado es que ciertas cosas malas no sucedan, y esos tienen la mala costumbre de desaparecer junto con el problema que no existió.
Por eso lo único malo de evitar un incendio es que al final del día no tienes un incendio apagado para mostrarle a nadie.
Solamente tienes una casa que sigue en pie, y que no parece a que en algun momento hubo peligro.
Solo se hace lo que tiene que hacerse y se continúa. Hasta que, sin darse cuenta, empieza a llevar una contabilidad propia, un libro secreto donde anota mentalmente cada cosa, no para cobrársela a nadie, sino para defenderse de una acusación que nadie formuló todavía.
Y finalmente un día deja de preguntarse si está cansado y comienza a preguntarse si tiene derecho a estarlo.
Entonces la balanza regresa.
Solo que ahora ya no queremos pesar nuestras responsabilidades.
Queremos pesarnos nosotros.
Queremos saber cuánto vale sostener, anticiparse, resolver. Cuánto hace falta para equilibrar aquello que no pudimos hacer, el lugar donde no estuvimos, la expectativa que no alcanzamos.
Como si al final de cada día alguien cerrara la caja y escribiera nuestro nombre debajo de una cifra.
Y quizá de ahí viene esa palabra:
insuficiente.
No siempre porque alguien nos la haya dicho, sino porque llevamos tanto tiempo intentando demostrar que hacemos suficiente que terminamos preguntándonos si nosotros también lo somos.
Y entonces dan ganas de hacer algo absurdo: vaciar los bolsillos, poner sobre la mesa todo aquello que no dejó recibo ni fotografía y pedirle a alguien que mire con atención.
Solamente para recordar que una casa que sigue en pie también es la evidencia de que alguien estuvo sosteniéndola.



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