Los oficios de la espera


Los días difíciles adquieren costumbres extrañas.

Y una mala educación.

De pronto vuelven importantes objetos que nunca habían pedido semejante responsabilidad.

Un teléfono boca abajo sobre la mesa. Una silla que ya conoce demasiado bien nuestro cuerpo. Un vaso de agua que nadie termina. Un reloj que parece haberse puesto de acuerdo con la incertidumbre para avanzar apenas lo necesario. Una taza de café que se enfría con una paciencia infinita.

Reducen el mundo.

Lo reducen hasta que cabe dentro de una sola noche.

Escribo esto de pie porque sentarme sería aceptar algo que todavía no entiendo.

Hay gente alrededor.

Nadie parece despierto.

Tal vez yo tampoco.

El lugar huele a perfume y a algo que el perfume lleva horas intentando derrotar. Como si ambos hubieran firmado una tregua incómoda.

Llevarla en brazos ya no es un gesto de cariño.

Es una medida de conservación.

La bajo y se tambalea.

La cargo.

Vuelve a ser la de siempre.

Excepto por el peso nuevo que adquieren los cuerpos cuando empiezan a discutir con el tiempo.

No quiero sentarme.

Quiero entender qué está pasando.

Esperábamos pasar el primer filtro.

Sostenía los exámenes entre las manos como quien carga pruebas para convencer a alguien de que lo que está ocurriendo es real.

Resulta extraño el peso que pueden adquirir unas cuantas hojas impresas.

Entonces apareció.

Detrás de ella caminaba su madre.

Caminaban despacio.

No había gritos.

No había escenas.

Había algo peor.

Aceptación.

La madre llevaba algunas cosas en las manos.

Entre ellas distinguí una correa.

Y en ese instante dejó de ser una correa.

Porque hay objetos que pierden su nombre cuando dejan de cumplir su propósito.

Era un objeto que ya no sabía para qué había sido inventado.

Y entre las dos cargaban una ausencia.

Respiré profundo.

Volví a mirar los exámenes entre mis manos.

Nunca habían pesado tanto.

Lo único que sé es que son las tres de la mañana.

Que sigo de pie.

Después de horas uno descubre que ya no espera respuestas.

Empieza a observar otras cosas.

Uno termina hablando con desconocidos.

Personas que, en cualquier otro día, apenas habrían existido como un movimiento en el borde de la mirada. Pero la incertidumbre tiene esa costumbre de borrar las presentaciones. Uno comenta la hora, pregunta cualquier cosa, escucha una historia ajena.

Y basta eso.

Como si la espera, por un instante, hubiera olvidado a quién pertenecía.

Es curioso lo que hacen los días difíciles con las personas.

No las cambian.

Las revelan.

Hay quienes aparecen con palabras precisas, como si hubieran ensayado durante años la forma exacta de acompañar.

Otros preguntan cómo va todo y, sin saberlo, consiguen mover un peso que llevaba horas inmóvil.

Algunos no encuentran qué decir.

Y se quedan.

Quizá por eso los días difíciles adquieren costumbres extrañas.

Reducen el mundo.

Hasta dejarlo del tamaño de una sola decisión.

Quedarse.





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