Grietas de fabrica
Lo escribí pensando en casas. En cómo se construyen, en cómo se dañan, en cómo uno termina llamando hogar a algo que lleva años inclinado sin que nadie haya firmado ese acuerdo. Las casas no avisan. Tampoco las personas. Tampoco, si uno es honesto, uno mismo.
Y si algo de lo que viene te resulta familiar (esa sensación rara de leer algo que no debería conocerte y sin embargo te conoce) es probable que tú también hayas estado ahí: sosteniendo tablas en la oscuridad, sin aplausos, sin testigos, con la certeza extraña e incómoda de que el edificio no se caía porque tú seguías ahí parado debajo.
Nadie habla del primer error.
Siempre se habla del segundo, del tercero, del que se vuelve costumbre.
Las casas mal construidas no se desploman el día que levantan el techo. Se inclinan despacio, como si estuvieran pensando. El problema es que uno aprende a vivir torcido sin darse cuenta.
Hubo manos que llegaron con experiencia de otras casas. Sabían martillar, sabían medir, sabían incluso dar órdenes. Pero traían todavía el polvo de paredes antiguas pegado en los párpados. Y cuando miraron este terreno, juraron que ya estaba todo hecho.
Pidieron balcones donde apenas había cimientos.
Exigieron ventanas donde todavía no sabíamos hacia dónde quedaba el norte.
Y mientras tanto, los que sí estaban desde el principio (los que sostenían las tablas cuando nadie miraba) aprendieron algo peligroso: que el esfuerzo no siempre coincide con el aplauso.
Las decisiones mal tomadas no rompen solamente estructuras; rompen relatos. Cambian la versión de los hechos. Transforman la memoria compartida en algo resbaladizo. Entonces alguien dice una cosa de frente y otra cosa en el pasillo, no necesariamente por maldad sino por supervivencia.
El rencor rara vez entra gritando.
Se instala como humedad.
Empieza siendo una mancha mínima.
Después ya nadie recuerda de dónde vino.
Lo difícil es aceptar que haber sido herido no convierte en justa cualquier respuesta. Que el pasado explica, pero no absuelve. Que repetir el gesto torcido solo perfecciona la inclinación.
Reconstruir no es derribar todo.
Es medir otra vez.
Es decir: aquí estuvo mal.
Aquí también.
Y aquí vamos a intentarlo distinto.
Pero reconstruir también implica algo incómodo: no todas las piezas antiguas encajan en la nueva forma. Algunas fueron talladas para sostener otra versión de la casa. Otras simplemente aprendieron a vivir inclinadas y ya no desean enderezarse.
No todos los que permanecen sabrán construir lo que viene.
Y, sin embargo, uno insiste.
Porque tal vez esta vez (solo tal vez) las manos correctas reciban el martillo en el momento justo.
Tal vez el reconocimiento encuentre por fin el rostro que lo merece.
Tal vez el eco deje de rebotar y se convierta, por primera vez, en voz..jpg)



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