El ruido de las casas vacías
Hay habitaciones que siguen haciendo ruido mucho después de haber quedado vacías. No es la madera. No son las ventanas. Son las personas que olvidaron sacar su voz antes de cerrar la puerta. Algunas nunca se marchan del todo. Aprenden el camino de regreso sin mover un solo pie. Habitan la distancia: conocen el eco antes que la palabra, la sombra antes que el cuerpo, la versión antes que el acontecimiento. Con el tiempo dejan de necesitar la llave. Les basta el ojo pegado a la cerradura. Cada ruido confirma una sospecha. Cada silencio confirma otra. Y cuando faltan los hechos, siempre aparece alguien dispuesto a prestar una historia. Poco importa si el rumor nació de una ventana abierta o de un espejo mal colocado; lo importante es que siempre encuentre un oído dispuesto a hospedarlo. Tal vez el rencor sea eso: una imaginación que deja de distinguir entre la memoria y el deseo. Entonces aparecen los actores. Los que sonríen con una mano mientras la otra recoge las palabras ajena...
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