Grietas de fabrica
Lo escribí pensando en casas. En cómo se construyen, en cómo se dañan, en cómo uno termina llamando hogar a algo que lleva años inclinado sin que nadie haya firmado ese acuerdo. Las casas no avisan. Tampoco las personas. Tampoco, si uno es honesto, uno mismo. Y si algo de lo que viene te resulta familiar (esa sensación rara de leer algo que no debería conocerte y sin embargo te conoce) es probable que tú también hayas estado ahí: sosteniendo tablas en la oscuridad, sin aplausos, sin testigos, con la certeza extraña e incómoda de que el edificio no se caía porque tú seguías ahí parado debajo. Nadie habla del primer error. Siempre se habla del segundo, del tercero, del que se vuelve costumbre. Las casas mal construidas no se desploman el día que levantan el techo. Se inclinan despacio, como si estuvieran pensando. El problema es que uno aprende a vivir torcido sin darse cuenta. Hubo manos que llegaron con experiencia de otras casas. Sabían martillar, sabían medir, sabían incluso dar ...
.jpg)

