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El Duelo

Hay despedidas que uno empieza a ensayar mucho antes de saber que se está despidiendo. No porque algo se haya ido. Ni siquiera porque esté por irse. Sino porque hay versiones de nosotros cuya fecha de vencimiento uno alcanza a intuir mientras todavía siguen ahí, respirando en alguna habitación de la memoria, usando nuestras manos, contestando por nosotros, creyendo con una convicción que ahora nos parece casi ajena. Uno piensa que sigue siendo el mismo porque todavía reconoce donde vive. Hasta que un día encuentra una fotografía vieja y tarda un segundo de más en reconocerse. O se cruza con alguien que lo conoció antes y descubre, en la manera en que ese alguien le habla, que todavía está conversando con una persona que ya no existe. Debe ser una de las formas más extrañas del duelo: que nadie haya muerto y, sin embargo, alguien ya no esté. Crecí creyendo que las pérdidas avisaban. Que tenían una fecha, un último abrazo, una llamada a deshoras, alguien que bajaba la voz antes de decir ...

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