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La trampa de insistir

Nadie te avisa cuándo empezás a perder. No hay notificación, ni corte formal. Solo una acumulación de intentos que no regresan, una inversión constante en algo que no crece. Y sin darte cuenta, quedás atrapado en una lógica absurda : sostener lo que no se sostiene, esperando que el otro haga lo que nunca decidió hacer. Antes de que todo tenga nombre (responsabilidad, compromiso, futuro) hay una etapa más sutil, casi imperceptible, donde uno empieza a inclinarse hacia los demás. No es todavía sacrificio; se parece más a una apuesta silenciosa . Una intuición: si das lo suficiente, si acompañas lo necesario, si te quedas un poco más de lo habitual… algo, en algún momento, va a alinearse. Ahí es donde comienza el desvío . Porque uno no lo vive como pérdida, sino como construcción. Como si el tiempo invertido en alguien fuera, inevitablemente, a rendir frutos compartidos. Como si la voluntad ajena pudiera educarse con presencia, como si el crecimiento fuera contagioso , como si bastara ...

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