Los espejos siempre aprenden a hablar
A veces no comenzamos una historia, sino un reflejo. No nace de un hecho, sino de una sensación persistente: la distancia silenciosa entre lo que mostramos y lo que realmente somos cuando nadie mira. Este texto no habla de una persona, ni de un momento, ni de una caída concreta. Habla de algo más sutil y más común: la lenta construcción de una imagen que, con el tiempo, empieza a exigirnos que la defendamos… incluso de nosotros mismos. Hay decisiones que no hacen ruido. Hay verdades que no se publican. Y hay espejos que, tarde o temprano, dejan de reflejar lo que queremos ver. De eso trata lo que sigue. Hay algo curioso en los espejos: no devuelven lo que somos, sino lo que insistimos en mirar. A fuerza de repetirse, la imagen termina por volverse verdad… o al menos una verdad habitable. Porque es más fácil habitar la versión luminosa de uno mismo que recorrer el pasillo estrecho donde esperan las decisiones que no se cuentan. No fue un acto repentino. Nadie despierta un día sie...

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