El enemigo de al lado

 

Hay convivencias que no son compañía.
Personas que respiran cerca
pero habitan lejos,
que comparten el café,
la luz, la mesa…
pero no el corazón.

Creí que la amistad era ese gesto simple
de cocinar para dos,
de brindar sin medir la copa,
de invitar al mundo a través de mí mismo.
Pero mientras yo abría la casa,
alguien tomaba nota de cada grieta.

Fingían ser abrigo,
pero en sus ojos se acumulaba
una lluvia que no era mía.
Hablaban de mí en voz baja,
donde mis pasos no llegaban,
donde mi nombre se deformaba
hasta dejar de pertenecerme.

Uno se fue sin aviso,
dejando sucio el lugar que también era mío,
dejando claro que nunca quiso quedarse.
Se fue con sus cosas,
pero dejó algo más pesado:
la certeza de que a veces,
quien vive contigo
es quien menos te quiere cerca.

Hoy, más que la ausencia,
agradezco la revelación.
Porque hay silencios que delatan,
miradas que atrasan,
y gestos que, sin decirlo,
te empujan fuera del corazón
que nunca te ofrecieron de verdad.

Pero esa revelación,
tan dolorosa como necesaria,
me dio algo que ellos nunca pudieron:
libertad.

La certeza de que prefiero soledades honestas
a presencias disfrazadas.
Que ahora sé elegir,
que ahora sé sentir
quién viene por mí
y no por lo que represento.

Y, sobre todo,
he aprendido a aceptarme,
con mis luces y mis lunas,
como el tipo de persona
que no necesita fingir para ser querido.




Comentarios

Top 3