Última Palabra
El error no avisa.
No toca la puerta
ni pide la palabra.
No llega tarde
ni se va temprano.
Simplemente
se sienta.
No grita,
no renuncia,
no discute.
Por eso se queda.
Se acomoda en la rutina,
aprende los horarios,
conoce el peso exacto
de cada silencio.
Mientras otros se van,
él permanece.
No por convicción,
sino por costumbre.
El error entiende algo
que los hombres olvidan:
que lo que no molesta
rara vez se cuestiona.
No exige,
no corrige,
no contradice.
Asiente.
Y en ese gesto mínimo
(ese casi nada)
va ocupando el lugar
de lo que nunca se revisó.
El error no pierde gente,
no quema puentes,
no deja marcas visibles.
Por eso parece correcto.
Se queda años
en la misma silla,
viendo pasar decisiones,
esfuerzos, sacrificios,
como si todo fuera parte
del plan.
Nunca nos grita
porque no lo necesita.
Sabe que mientras calle,
seguiremos creyendo
que resistir
es avanzar.
Y entonces llega el día
en que el error
ya no necesita la silla.
Porque no queda nadie
para discutirle,
nadie para irse,
nadie para sostener
la versión correcta de las cosas.
Ahí es cuando algunos entienden.
No antes.
No a tiempo.
Aprenden cuando ya no tienen
a quién enseñarle,
cuando la razón
no sirve de refugio
y el control
no abriga.
La muerte no discute.
No concede.
No confirma.
Simplemente demuestra
(con una precisión brutal)
que de nada sirve
haber tenido razón siempre
si al final
no hay nadie
que la recuerde.




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