La máscara del rey

 

Balduino IV gobernó con la piel en retirada.

La lepra le iba robando el mapa del cuerpo

mientras la cabeza seguía ganando guerras.

Aprendió temprano que el dolor también piensa

y que una corona pesa más cuando la carne no la sostiene.


Se cubría.

No por vergüenza

sino para que nadie confundiera

la descomposición con debilidad.

La máscara no ocultaba al rey:

contenía al ego.


Porque el ego, cuando huele poder,

no pide permiso.

Se sienta en el trono,

habla en plural,

y empieza a creer que la estrategia

es lo mismo que la infalibilidad.


Balduino sabía parar.

Eso lo salvó más que sus ejércitos.

Cuando otros hubieran avanzado por orgullo,

él retrocedía por conciencia.

Cuando pudo creerse invencible,

recordó su mano insensible,

esa que ya no sentía la espada

pero todavía entendía el mundo.


Ahí está la grieta.

Delgada.

Casi poética.


El sabio duda.

El soberbio acelera.


Y basta no saber cuándo detenerse

para que la inteligencia se vuelva ruido,

la seguridad se vuelva espectáculo,

y la mente termine perdiéndose a sí misma.


Lo vemos todos los días:

hombres brillantes sin máscara,

convencidos de que pensar más rápido

es pensar mejor.

Creyéndose por encima,

terminan debajo de sus propias palabras.


Balduino murió joven,

pero no se perdió.


Otros viven largos años

y se extravían apenas empiezan

a creerse más inteligentes que el silencio.


Porque la conciencia no se pierde de golpe:

se va cuando el ego

cree que ya no la necesita.





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