El Duelo
Hay despedidas que uno empieza a ensayar mucho antes de saber que se está despidiendo.
No porque algo se haya ido. Ni siquiera porque esté por irse. Sino porque hay versiones de nosotros cuya fecha de vencimiento uno alcanza a intuir mientras todavía siguen ahí, respirando en alguna habitación de la memoria, usando nuestras manos, contestando por nosotros, creyendo con una convicción que ahora nos parece casi ajena.
Uno piensa que sigue siendo el mismo porque todavía reconoce donde vive.
Hasta que un día encuentra una fotografía vieja y tarda un segundo de más en reconocerse. O se cruza con alguien que lo conoció antes y descubre, en la manera en que ese alguien le habla, que todavía está conversando con una persona que ya no existe.
Debe ser una de las formas más extrañas del duelo: que nadie haya muerto y, sin embargo, alguien ya no esté.
Crecí creyendo que las pérdidas avisaban. Que tenían una fecha, un último abrazo, una llamada a deshoras, alguien que bajaba la voz antes de decir lo siento. No sabía que algunas cosas desaparecen sin hacer ruido. Que una versión de uno mismo puede marcharse dejando la ropa en el armario, los mismos gestos, incluso el mismo nombre.
Simplemente un día deja de ser la que responde.
Y uno tarda en notarlo porque el cuerpo sigue llegando cuando lo llaman.
Hay otro duelo, quizá más silencioso: el de no haber sabido mirar a ciertas personas mientras todavía estaban cerca. Las medimos por lo que eran entonces, como si alguien pudiera reducirse al instante en que lo conocimos, sin sospechar todo lo que estaba ocurriendo debajo, todo aquello en lo que estaban a punto de convertirse.
Después pasan los años y uno las vuelve a mirar —desde lejos, a veces demasiado lejos— y comprende lo que estaba empezando delante de uno y no supo reconocer.
A veces esa persona fui yo.
A veces fue alguien más.
Y no sé cuál de las dos cosas pesa más: descubrir que alguien se volvió extraordinario después de que dejamos de mirarlo, o descubrir que nosotros también estábamos convirtiéndonos en alguien y hubo quienes solo supieron querernos mientras todavía cabíamos en la idea que tenían de nosotros.
Estoy seguro que muchos ni lo saben, algunos ni lo sabrán pero no pensaron verme donde estoy y como estoy.
No porque me desearan mal. Tal vez ni siquiera porque no creyeran en mí. Simplemente conocieron una versión que cabía en cierto tamaño, una versión predecible, fácil de nombrar, y uno siempre se encariña un poco con aquello que sabe dónde guardar.
Y supongo que ahí comienza un duelo que tampoco me pertenece del todo: el de quien pierde una versión ajena que le resultaba conocida y descubre que la persona sigue ahí, solo que ya no sabe cómo llamarla.
Quizá por eso ahora hago algo que antes me habría parecido absurdo.
De vez en cuando me detengo a mirar quién soy hoy.
Intento observarme como se mira una fotografía sabiendo que fue tomada hace muchos años. Trato de encontrar en mis preocupaciones, en las cosas que deseo, en las personas que todavía me duelen, algo que algún día voy a recordar con una ternura que ahora no puedo sentir porque todavía estoy demasiado ocupado siendo este.
Porque esta versión también tiene fecha.
También ella va a dejar de responder.
Va a pensar distinto. Va a querer otras cosas. Tal vez un día le parezcan pequeñas algunas de las tragedias que hoy me quitan el sueño y enormes ciertas cosas que ahora apenas noto.
Y aun así seguirá siendo yo.
De la misma manera en que sigo siendo todos los que fui, aunque ninguno de ellos sabría exactamente qué hacer con mi vida si despertara mañana dentro de ella.
Por eso conviene detenerse alguna vez y mirar.
No para aferrarse.
No porque esta sea la mejor versión.
Sino precisamente porque no va a quedarse.
Porque algún día también voy a extrañar cosas de este hombre que ahora mismo me molestan. Voy a recordar una tarde cualquiera, una preocupación absurda, una persona cuyo nombre todavía significa demasiado, y voy a querer decirle algo a este que soy hoy.
A esos otros, si alguna vez preguntaran, no tendría demasiado que decirles.
No porque no importaran.
Importaron durante un tiempo, incluso más de lo que hubiera querido admitir.
Pero hay puertas que uno no cierra de un portazo. Algunas simplemente dejan de abrirse. Uno pasa frente a ellas durante meses, quizá años, hasta que una tarde descubre que ya no recuerda qué esperaba encontrar del otro lado.
Esa versión mía que todavía los quería, que todavía esperaba una señal, que ensayaba conversaciones improbables y dejaba una silla vacía por si acaso, dejó de esperar en algún momento que no supe fechar.
Y eso es lo extraño.
No recuerdo cuándo ocurrió.
No hubo ceremonia.
Nadie dijo hasta aquí.
Simplemente un día alguien tocó una puerta adentro de mí y ya nadie salió a abrir.
Solo queda esa distancia tranquila con la que uno recuerda una casa donde alguna vez vivió: podría señalar dónde estaba la cama, qué ventana daba a la calle, incluso qué tabla del techo crujía durante la noche.
Pero ya no tengo las llaves.
Y tampoco las necesito.
Tal vez el peso verdadero de una versión de nosotros nunca se siente mientras la habitamos.
Mientras estamos dentro creemos que será para siempre. Dejamos cosas tiradas, postergamos abrazos, suponemos que mañana seguiremos pensando igual.
Hasta que un día miramos hacia atrás y encontramos solamente una puerta cerrada.
Ahí adentro, alguna vez, también hubo alguien que fuimos.
Y quizá crecer no sea otra cosa que aprender a pasar frente a todas esas puertas sin intentar abrirlas, pero sin olvidar tampoco que alguna vez tuvimos cada llave.


.jpg)


Comentarios
Publicar un comentario