El Mecanismo


Durante años pensé que simplemente no sabía recibir elogios.

Hoy empiezo a sospechar que nunca fue ese el problema.

No porque crea que todos escondan una mala intención.

Ni porque piense que admirar a alguien sea peligroso.

Simplemente hay ciertos elogios que siempre me han incomodado desde niño.

Y durante mucho tiempo asumí que era una incapacidad mía para aceptar un cumplido.

Con los años dejé de intentar corregirlo.

Empecé, en cambio, a preguntarme qué era exactamente lo que me incomodaba.

Todavía no estoy seguro de haber encontrado la respuesta.

Pero sí encontré una diferencia que ya no consigo ignorar.

Nunca me preocuparon los elogios que hablaban de lo que alguien hizo.

Los que me hicieron detenerme fueron los que parecían decidir quién era.

Porque una cosa es escuchar:

"Qué bien resolviste esto."

Y otra muy distinta:

"Tú siempre eres el fuerte."

La primera frase reconoce una acción.

La segunda empieza a construir una identidad.

Con el tiempo empecé a preguntarme algo que nunca antes me había parecido digno de atención.

¿En qué momento una descripción deja de hablar de nosotros y empieza a hablar por nosotros?

Porque repetir una historia durante años no la convierte en propia.

Solo la vuelve familiar.

Crecemos rodeados de voces que nos explican quiénes somos.

"Él es el inteligente."

"Ella siempre fue la responsable."

"Siempre puedes contar con él."

Al principio parecen observaciones.

Después empiezan a convertirse en expectativas.

Y, sin darnos cuenta, terminamos haciendo un esfuerzo silencioso por seguir pareciéndonos a la persona que otros aprendieron a nombrar.

Tal vez por eso hay elogios que nunca buscan hacerte feliz.

Buscan hacerte consistente.

Porque una persona que quiere seguir siendo vista de cierta manera empieza a corregirse sola.

Ya no necesita que alguien le recuerde quién debería ser.

Empieza a hacerlo antes de decepcionar la imagen que otros tienen de ella.

Y quizá ahí entendí por qué algunas personas manipulan tan poco con órdenes.

Las órdenes encuentran resistencia.

Las identidades, en cambio, suelen defenderse solas.

Tal vez por eso pasamos tanto tiempo buscando pertenecer.

No siempre porque temamos quedarnos solos.

A veces porque pertenecer responde una pregunta mucho más difícil:

¿Quién se supone que soy?

Antes de aprender a pensar,

aprendemos a parecernos.

Y quizá esa sea una de las imitaciones más profundas de todas.

Porque llega un momento en el que ya no distinguimos entre aquello que elegimos ser y aquello que simplemente dejamos de cuestionar.

Sería una conclusión demasiado cómoda.

Más bien me pregunto si, antes de agradecer uno, también valdría la pena escuchar qué está describiendo realmente.

Si habla de algo que hicimos...

o si, silenciosamente, está empezando a decirnos quién deberíamos ser.

No he llegado a ninguna certeza.

Solo una sospecha que, por alguna razón, no ha dejado de acompañarme.

Quizá por eso hay personas que, cuando se quedan completamente solas,

siguen comportándose como si todavía hubiera alguien mirando.




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