Biblioteca de Decisiones
Existen muchas decisiones que uno toma como quien empuja una puerta sin pensar demasiado en las habitaciones que quedan del otro lado.
La puerta se cierra.
El pasillo continúa.
Y durante un tiempo parece suficiente.
Pero tarde o temprano aparece esa sensación extraña —difícil de explicar— de que en algún lugar, detrás de uno, quedaron otras versiones de la misma vida caminando por corredores que ya no podemos recorrer.
No son recuerdos.
Son posibilidades.
El hombre que habría vivido en otra ciudad.
El que dijo sí cuando aquí dijiste no.
El que tomó una ruta más breve, o más peligrosa, o simplemente distinta.
Uno podría pasar años visitando ese pequeño cementerio de vidas no vividas.
Imaginarlas más felices.
Más exitosas.
Más completas.
Pero hay algo inquietante en ese ejercicio.
Mientras uno se inclina sobre esas tumbas invisibles, la única vida real (la que respira ahora mismo) permanece detrás, esperando como un animal paciente que no entiende por qué su dueño prefiere hablar con los fantasmas.
Conocerse a uno mismo no es descubrir qué caminos existen.
Es aceptar que no podremos caminar todos.
Y que cada elección, incluso la más acertada, deja una fila silenciosa de puertas cerrándose a nuestras espaldas.
Tal vez por eso la verdadera sabiduría no consiste en elegir el camino perfecto.
Consiste en caminar el camino elegido con suficiente presencia
como para que las vidas que no vivimos no terminen pareciendo más verdaderas que la nuestra.




Comentarios
Publicar un comentario