El arbol que no se mueve
El árbol que no se movía
(o: lo que el cielo no devuelve)
Tres órbitas
El evento es el mismo en todas.
Lo que cambia es el ángulo desde el que lo mirás.
Órbita I: Leer de principio a fin.
Órbita II: Leer únicamente los fragmentos marcados con ◉, en orden. Forman un texto distinto.
Órbita III: Comenzar en la sección Los tres pasos, leer hasta el final, volver al principio. Detenerse donde se comenzó la lectura.
◆ ◆ ◆
I. La casa
La casa de mi amigo era de esas que uno aprende a querer sin preguntarse por qué. Tenía cochera, y después un corredor en forma de L que llevaba hasta un patio donde los árboles habían seguido creciendo como si nadie les hubiera dicho que debían detenerse. Las noches que pasamos ahí nunca tuvieron nada de particular: cuatro o cinco de nosotros, el calor del monitor, conversaciones que nadie recordaría después. Era ese tipo de lugar donde nada malo parecía posible, que es exactamente el tipo de lugar donde las cosas malas eligen ocurrir.
Afuera, la residencial tenía sus portones. Adentro, teníamos nuestras costumbres. Entre esos dos mundos, la calle que ninguno nombraba en voz alta pero que todos conocíamos perfectamente.
Esa noche, ninguna de esas fronteras importó.
◆ ◆ ◆
◉ I
Desde que uso la razón, he pensado que la mente humana es uno de los mayores misterios.
Especialmente la memoria.
Porque por alguna razón todavía recuerdo ese árbol.
Todo se movía aquella noche.
Todo menos él.
Y sin embargo, hay cosas mucho más importantes que ya no recuerdo.
◆ ◆ ◆
II. El patio
El cuarto principal estaba al fondo, con su setup de PC gamer, los cables ordenados con ese cuidado que solo tiene quien le importa de verdad el espacio donde juega. Éramos cuatro esa noche. Era una de esas noches sin agenda. La clase de noche que después uno recuerda como anterior a algo, aunque en el momento no lo sepa.
Frente a los cuartos, el patio se abría. Plantas pequeñas primero, árboles después, y al fondo el muro de ladrillo gris sin pintar, ese gris urbano que para mí siempre fue la textura de la infancia. No el verde de los campos. El gris de los muros.
Desde ese patio, con la noche despejada, podíamos ver por encima del muro el árbol de conacaste de la colonia de al lado. Estaba lejos. A pie, unos cinco minutos. Pero era tan alto que se veía claro, como si estuviera más cerca de lo que estaba.
III. El viento
Era frío. Eso fue lo primero raro. Pero más que la temperatura, era la forma del viento lo que no cuadraba. No variaba. Ni en intensidad ni en ritmo. Llegaba y se iba con la misma fuerza, con la misma cadencia exacta, como si algo muy grande estuviera respirando afuera. Cerró dos puertas de golpe. Movió los árboles del patio con una rabia que no correspondía a la claridad del cielo, porque el cielo esa noche era de esos que casi no se ven: azul marino profundo, con blanco en las nubes, perfectamente oscuro y perfectamente claro a la vez.
Miraba el patio desde el corredor cuando lo noté.
En aquel momento pensé que estaba mirando un árbol.
El árbol de conacaste, el que estaba en la otra colonia, el que siempre podíamos ver por encima del muro, no se movía.
Todo a su alrededor se agitaba. Las plantas pequeñas. Los árboles. Todo. Menos ese.
◆ ◆ ◆
◉ II
Cuando el cerebro encuentra algo que no puede clasificar, tiene dos respuestas posibles: el pánico o la quietud.
El pánico es el movimiento, el impulso de hacer algo.
La quietud es otra cosa.
Los sentidos se vuelven más precisos. El tiempo parece cambiar de velocidad. El cuerpo deja de reaccionar y empieza a observar.
Yo no corrí. No grité. Me quedé fijo mirando el árbol que no se movía.
◆ ◆ ◆
IV. Los tres pasos
(Órbita III: comenzar aquí, leer hasta el final y volver al principio hasta donde se comenzó la lectura)
No llegó de golpe. Llegó como llegan las cosas que no querés notar: gradualmente, hasta que ya no podés ignorarlas.
Bajé el volumen a mi propia respiración, como quien le baja el volumen a la música para estacionarse mejor. Lo decidí con esa misma lógica: reducir el ruido propio para percibir mejor el ruido ajeno. No hubo valentía. La valentía implica elección consciente frente al miedo. Yo no tenía miedo todavía. Tenía algo anterior al miedo: la certeza de que algo estaba mal, sin saber aún qué.
Tres pasos. Solo tres.
La vi.
Gris metálico. Esférica. Reflejaba las cosas con una fidelidad que ningún espejo habría logrado, como si llevara tiempo estudiando el ángulo correcto. Se desplazaba sin perturbación visible, sin rozar el aire, sin hacer nada que justificara llamarlo vuelo. Era simplemente un objeto que se encontraba en un espacio y luego en otro, y el tránsito entre ambos era demasiado silencioso para ser real.
Era pequeña comparada con aquello que años antes había visto suspendido cerca del volcán de Izalco: una forma tan grande que parecía una grieta detenida en el cielo.
Eso fue en otra vida, o al menos en otro cuerpo.
Esto era distinto.
Esto era cercano.
Cruzaba el patio como cruzan las lechuzas: sin interrumpir nada. No alteraba el aire. No desplazaba el sonido. Existía ahí como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
No tenía ojos.
Pero sé lo que es sentirse observado.
Y eso era.
Eso fue lo más difícil de sostener. No el miedo a lo que podía hacernos. Sino la posibilidad de que no le importáramos en absoluto.
◆ ◆ ◆
◉ III
Los recuerdos intensos no son necesariamente más precisos.
Son más difíciles de perder.
Por eso recuerdo el árbol que no se movía.
Por eso no recuerdo en qué momento los demás salieron al patio.
No sé cuándo apareció la esfera.
Solo sé cuándo la vi.
Y esas dos cosas no son necesariamente la misma.
◆ ◆ ◆
V. El paso
Pasó cerca del conacaste. A una altura similar a la de sus ramas más altas. Tres de los cuatro que estábamos esa noche coincidimos en algo: hubo un zumbido. Eléctrico. Casi imperceptible, como el que hace un monitor viejo al encenderse.
Y luego no estaba.
No se fue rápido. No explotó. No ascendió en línea recta como en las películas. Simplemente llegó un momento en que ya no estaba, y ninguno de los cuatro supo exactamente cuándo había sido ese momento.
Nos quedamos en el patio un tiempo que tampoco recuerdo.
VI. Lo que el cielo no devuelve
No aprendí nada esa noche. Aprender requiere comprender, y de esto sigo sin comprender lo suficiente. Pero entendí algo que la mayoría de la gente nunca tiene que entender: que hay una diferencia entre el peligro que podés ver y el peligro que te ve a vos primero.
Del lado de afuera, el peligro tenía forma humana. Tenía dirección. Tenía motivo. Era brutal, pero comprensible dentro de la lógica de los hombres. Era un peligro que se podía nombrar.
Esto era otra cosa.
Esto era algo que se desplazó sobre nuestras cabezas sin pedirnos permiso, sin molestarse en asustarnos, sin hacer nada que indicara que nuestra presencia le importaba en alguna dirección. Ni amenaza ni curiosidad. Solo movimiento. Solo esa calma que tienen las cosas que no necesitan defenderse porque nunca han tenido que aprender a hacerlo.
El peligro esa noche no vino de la calle.
Vino del cielo.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que el cielo seguía igual después. Las nubes en los mismos tonos de azul. El conacaste quieto. El viento, ya ido. Como si nada hubiera pasado por ahí.
Como si nosotros fuéramos los que no deberíamos haber estado.
A veces, todavía, me asomo al patio de cualquier casa donde estoy y miro hacia arriba.
No por miedo.
Por una pregunta que la razón no me deja terminar de formular.



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