La parte de mí que entendiste
No sé cómo explicarte
que a veces todavía te hablo,
no en voz alta —sería ridículo—
pero sí cuando el café se enfría
y el día no alcanza para tanto silencio.
Lo nuestro no fue perfecto
(y menos mal),
pero fue de esos encuentros
que no se ensayan ni se olvidan.
Éramos dos personas rotas
jugando a completar el rompecabezas del otro,
y por ratos, te juro,
lo logramos.
Tu forma de mirarme como si entendieras
mi manera de estar triste,
tu risa desordenada,
y esa forma de tocarme
como si fueras a memorizarme para después.
Pero vinieron tus fantasmas,
los que no eran míos
pero me perseguían igual.
Y tus decisiones —esas de “yo soy así”—
me empezaron a doler
como si fuera yo
el que tenía que pagar las cuentas del pasado.
Me hablaste mal,
me empujaste sin tocarme,
y yo me fui recogiendo en pedacitos
para no perderme del todo.
No me fui por falta de amor.
Me fui porque entendí
que no siempre el amor alcanza
cuando se trata de salvarse uno mismo.
Te recuerdo con amor,
con esa nostalgia que no quiere volver
pero tampoco quiere olvidar.
A veces cierro los ojos
y ahí estás:
riéndote como si el mundo no doliera,
respirando cerca,
dándome más de lo que sabías,
y menos de lo que necesitaba.
Gracias,
por mostrarme que puedo sentir tanto.
Gracias,
aunque ya no seas mi lugar.




Comentarios
Publicar un comentario