Manual de traiciones

 El año empezó como se empiezan todos los años:

con planes que uno guarda en el bolsillo
y contratos que parecen más sólidos que la fe.
Yo tenía casa, amigos, un mapa
que ya estaba equivocado antes de dibujarlo.

A veces uno confunde la risa con la compañía,
y el pan compartido con la lealtad.
Error de principiante.

Muchos se sentaron en mi mesa,
se llenaban la boca con mis frutos,
hablaban de amistad como si la palabra no les quemara.
Yo los miraba, ingenuo,
como si fueran espejos donde podía reconocerme.
Pero el espejo estaba torcido,
la imagen ya venía partida
era tal vez porque queria tanto
que fueran reales que me menti
en repetidas ocasiones o simplemente 
evitaba analizar las verdaderas intenciones

Después ocurre lo inevitable:
la vida se voltea sin aviso,
como un sobre abierto
donde el silencio ocupa el lugar de las palabras.
Ellos también se voltearon,
aunque juraban sostener mi mirada.
Me besaban en la frente,
mientras en la otra mano
temblaba la hoja que guardaban para mí.

Algunos solo callaban,
otros inventaban novelas enteras con mi nombre.
Historias que jamás sucedieron,
pero repetidas tantas veces que ya parecían recuerdos.
Yo era culpable de cosas que no conocía.
Eso es lo lindo de la envidia:
puede hacerte culpable sin pruebas,
y todavía esperan que pidas perdon.

Yo también fui ciego,
porque las señales estaban ahí,
golpeando la puerta como carteros impacientes.
Fui yo el que no abrió,
el que siguió creyendo en espejismos con nombre propio.

Hoy el contrato ya no existe,
la casa quedó como un papel arrugado en el fondo de un bolsillo,
y los amigos —¿eran amigos?—
se disolvieron en otra dimensión,
donde las sonrisas se compran al por mayor
y las espaldas siempre pesan más que los rostros.

Lo repito, para no olvidarlo:
crecí,
y en ese crecer se abrió la grieta.
No soportaron la música de mis pasos,
tal vez porque amaban la quietud,
la tarde que siempre regresa,
la copa que nunca cambia,
la envidia que calla pero nunca muere.

Ahora no hay contrato ni mesa compartida.
Solo queda esta escritura nerviosa,
estos fragmentos que no saben si son poema, diario o epitafio.
Quizá nada de eso.
Quizá apenas un recordatorio:

que la traición no viene del enemigo,
sino de la silla de al lado.
Que Judas no era un extraño,
sino uno más en la foto de grupo.

El error fue mío.
No quise ver,
no quise oír los cuchillos sonando
mientras yo servía la cena.





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