Ensayo químico sobre la ternura

 

Dicen que romantizo la vida,

como si fuera un defecto biológico,

una sobredosis de esperanza en la sangre.


Hablan del cerebro como de una máquina,

pero olvidan que hasta la dopamina tiene sus caprichos,

que la oxitocina no entiende de jerarquías

y que la serotonina florece con un gesto amable.


No hay nada menos romántico que una sinapsis,

y sin embargo ahí empieza todo:

una mirada,

un recuerdo,

un correo escrito con cuidado.


Llaman ingenuo al que aún se emociona,

sin saber que la emoción es pura química en rebeldía,

una reacción en cadena que se niega a extinguirse

aunque el sistema premie la apatía.


Sentir también es una forma de ciencia,

una observación empírica de lo humano.

El amor, la empatía, la tristeza,

son experimentos que el cuerpo repite

para no volverse piedra.


Romantizar no es negar la realidad,

es medirla con otros instrumentos:

no con métricas ni reportes,

sino con pulsos eléctricos que huelen a vida.


Porque sin emoción, el cerebro se apaga.

Y sin ternura,

ningún informe vale la pena.










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