El peso de las palabras
Nota de autor:
Este texto nació tarde, en ese momento donde ya no puedes seguir ignorando lo que sabes de ti mismo. No lo escribí para defenderme ni para convencer a nadie — lo escribí porque hay cosas que si no las dices en voz alta te las cobran por dentro. Es una confesión sobre el peso de las palabras y sobre la clase de honestidad que no siempre se ve bonita pero que es la única que conozco.
Sé que no soy perfecto y hace mucho tiempo dejé de pretender que lo soy, pero lo que sí tengo certeza hoy es que vivo en un mundo donde las palabras no son inocentes, son lo que mantiene en pie los negocios, las personas, los meses de trabajo, las relaciones que tanto costaron y que se pueden caer en una llamada de treinta minutos si dices lo correcto en el momento equivocado.
perfectamente comparado a lo que hace un médico cuando decide no decirte todo lo que puede salir mal antes de operarte, no porque oculte la verdad sino porque entiende que hay verdades que la gente no puede recibir antes de tiempo, verdades que matan antes de que puedan sanar, y nadie lo llama deshonesto por eso, nadie lo señala, nadie lo cuestiona, porque todos entendemos sin que nadie lo explique que hay un momento para cada cosa y que forzar ese momento es su propio tipo de crueldad.
Yo aprendí eso a la mala.
Hubo un momento en que decidí darle la verdad a alguien que creí que la necesitaba, la vi aterrizar, la vi ser recibida, vi en los ojos del otro ese instante donde algo encaja y pensé que las palabras habían construido algo entre los dos, y horas después ese alguien usó exactamente esa cercanía para alejarse, respondió con silencio donde debió haber conversación, con distancia donde debió haber responsabilidad, y yo me quedé ahí entendiendo algo que ya sabía pero que duele igual cada vez que lo confirmas: la verdad no te protege, a veces solo te hace visible para quien necesita un lugar donde descargar lo que no puede sostener solo.
Y aun así volví a confiar al día siguiente, no porque sea ingenuo sino porque rendirse a eso sería perder lo único que me permite seguir construyendo en lugares donde nadie quiso construir antes, y hay mucho que construir todavía, hay bases que debieron existir hace años y que no están, y alguien tiene que ponerse abajo a sostener mientras la vida sigue pasando encima sin preguntar si estás listo.
Eso lo hago sin heroísmo y sin resentimiento porque entiendo de dónde viene cada persona, por qué llegó herida, por qué reacciona desde el miedo aunque parezca que reacciona desde el poder, y esa comprensión me ha costado aceptar cosas que en otro contexto nunca aceptaría, no porque sea parte del problema sino porque estoy demasiado ocupado siendo parte de la solución como para detenerme a cobrar cada deuda emocional que se va acumulando en el camino.
No tengo fe en sistemas ni en procesos, tengo fe en la gente y en mi capacidad de entenderla antes de que ella misma sepa lo que necesita, y lo que yo hago con cuidado y con conciencia todos lo hacen sin darse cuenta, la diferencia es que yo conozco el peso exacto de lo que digo y el peso mayor todavía de lo que callo, y eso que algunos llaman falta de honestidad yo lo llamo saber que la brutalidad disfrazada de principio sigue siendo brutalidad, y que hacerle daño a alguien con buena conciencia no te hace honesto, te hace cómodo.
Hay días en que la tristeza es más real que cualquier motivación y la dejo estar sin pedirle disculpas a nadie, porque dentro de todo esto sigo siendo humano, y seguir confiando aunque ya sé el riesgo es lo único que me queda de la persona que era antes de aprender que las palabras pesan, y que conocer ese peso no es una ventaja sino una responsabilidad, la única que acepté sin que nadie me la pidiera y la única que no pienso soltar.




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