Nosce te Ipsum
En el templo de Apolo en Delfos no había promesas de éxito ni fórmulas de felicidad.
Había una advertencia grabada en piedra.
Γνῶθι σεαυτόν.
No era una invitación amable.
Era un límite.
Sócrates enseñó que una vida sin examen era una forma de ceguera voluntaria. No hablaba de éxito. Hablaba de lucidez.
Conocerse no era descubrir talentos.
Era reconocer inclinaciones.
El hombre que no se examina actúa por impulso y lo llama carácter.
El que se examina, decide.
Y tal vez ahí está la diferencia.
He pasado años intentando entender sistemas, leer intenciones, anticipar movimientos. Pero el terreno más difícil no está afuera. Está en el instante previo a cada decisión, cuando algo en mí ya quiere inclinar la balanza.
No todo impulso es destino.
No toda intención es virtud.
No toda convicción es verdad.
Conocerse no es debilitarse.
Es volverse preciso.
Porque si no sé exactamente qué me mueve, alguien más podrá moverlo por mí.
Y entonces la frase deja de ser antigua.
Se vuelve responsabilidad.




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