El principio del Fin

Vos sabías mentir con los ojos abiertos,
como esos que juran que miran cuando solo están recordando lo que deberían sentir.

Yo te veía, y había algo en tu forma de hablar de “cambio”,
de “lo estoy intentando”,
como si intentar fuera suficiente para no herir.
Pero era tarde,
tarde como todo lo que llega cuando ya no se desea.

Llegaste vestido con frases prestadas,
con hábitos aprendidos a la fuerza,
como quien se disfraza de sí mismo para evitar que lo vean de verdad.
Y yo…
yo que siempre le busqué poesía al desastre,
quise creer que esta vez la historia era distinta,
que el amor se podía construir sobre las ruinas si uno usaba los escombros con cuidado.

Me gustaba cómo sonaba tu arrepentimiento,
cómo afinabas la voz cuando decías que ahora entendías todo.
Pero después pasaban los días,
y el entendimiento no alcanzaba ni para tender la cama.

Acepté.
No sé en qué momento —es lo peor—,
si fue cuando dijiste que me soñabas o cuando simplemente dejé de pensar.
Quizá fue un silencio entre dos frases,
uno de esos huecos donde a veces entra todo:
la duda, el miedo, la fantasía.
Dije que sí.
Y al decirlo, te di la llave sin revisar la cerradura.

No fue amor, fue fe.
Y no de la buena, no la que sostiene:
la fe desesperada,
la que uno inventa cuando ya no quiere seguir buscando.

Ahora todo es eso:
rituales sin alma,
la coreografía repetida de los días,
la taza que dejás en el mismo lugar,
los gestos que me sé de memoria y me aburren
como una canción sin letra.

A veces me despierto con la certeza absurda de que todavía estoy a tiempo,
de que podría agarrar mis cosas y salir sin cerrar la puerta.
Pero después me cepillo los dientes,
miro por la ventana,
y pienso que hay guerras que se ganan quedándose quieto.

Mentira, claro.
Pero uno se miente para no romperse.

Y vos seguís hablando del futuro como si fuera un país que vamos a visitar,
pero yo ya hice la maleta hace meses,
aunque todavía no encuentre la salida.

Esto no es tristeza,
es más hondo.
Es ese momento exacto en que te das cuenta de que estás solo
aunque haya alguien al lado.

Y entonces lo entiendo todo, por fin:
que el principio fue hermoso,
porque me lo conté así.
Y que el fin no llegó hoy,
ni ayer,
sino el mismo día en que acepté estar con vos
sin preguntarme si realmente quería.

Ese,

ese fue el principio del fin.




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