Inventario de un amor roto
Te dejo la llave en el tercer cajón, debajo de las cartas que nunca te mandé.
No hay despedidas, solo puertas que ya no abren.
Nos gastamos hasta las metáforas,
y ahora el amor es solo una palabra que se oxida en la boca.
Podríamos hacer el recuento:
las veces que nos fuimos sin irnos,
las veces que volvimos sin haber llegado,
las noches que se murieron antes de ser madrugada.
Vos te quedás con la casa,
con los discos que ya no suenan igual,
con la certeza de que esto, al final, era predecible.
Yo me llevo el eco de tu risa,
una cicatriz invisible en la memoria,
las ganas de encender un cigarro aunque ya no fume.
No hace falta que me mires así,
como si todavía quedara algo por salvar.
Lo que fuimos se quedó en otra ciudad, en otro tiempo,
en los pasillos de un hotel que nunca volvimos a pisar.
Así terminan estas cosas,
no con un portazo, no con un grito,
sino con el sonido hueco de dos personas
que se sueltan las manos sin hacer ruido.




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