Para mí, cuando lo olvide
Si estás leyendo esto, es porque quizás volviste a sentirte culpable por decir que no.
Porque te volvieron a hacer creer que ser claro es ser duro.
Porque te preguntás si hiciste bien al alejarte, al protegerte, al elegirte.
Entonces recordá:
No fue orgullo. Fue dignidad.
No fue frialdad. Fue amor propio.
No fue un impulso. Fue un límite necesario.
Recordá todo lo que viste. Todo lo que diste. Todo lo que esperaste y no llegó.
Recordá cómo aprendiste a sostenerte cuando nadie más lo hacía.
Recordá que tu forma de sentir es profunda, pero no infinita.
Y que está bien cerrar la puerta cuando alguien llega solo a vaciarse en vos.
No estás solo: estás contigo. Y eso no es poco. Es lo primero.
Volvé a ese espacio donde pensás sin miedo, donde callás sin culpa, donde no necesitás explicarte.
Volvé a tu centro, a tu mirada limpia, a tu voz serena.
Y si dudás, si temblás, si sentís que la vieja costumbre de darte sin medida quiere volver…
respirá.
Leé esto otra vez.
Y no te olvidés:
Viniste a habitarte entero. No a disolverte por nadie.
Con todo lo que sos,
yo, tu versión que se eligió.




Comentarios
Publicar un comentario