Al Mejor Postor


Se vendía todo,

el reloj de su abuelo,

la esperanza en cuotas,

una risa con garantía mínima

y un corazón usado,

pero bien conservado.


Aceptaba trueques:

un domingo sin preguntas,

una caricia sin fecha de vencimiento,

un silencio compartido,

o en su defecto,

una mentira bonita.


No era por codicia —decía—

es que la ternura cotiza a la baja

y uno también tiene que comer

aunque sea recuerdos.


El alma, por suerte,

aún no entraba en el trato,

pero ya preguntaban por ella

con voz de anticuario:

¿es original? ¿trae certificado de autenticidad?


A veces dudaba.

Tal vez ya la había dado

envuelta en un poema

o en ese beso torpe

que alguien archivó sin querer

en el fondo de un olvido.


Pero seguía subastando.

Se presentaba puntual,

con su traje de cansancio

y sus manos vacías,

esperando que alguien

ofreciera algo más

que el precio justo.


Y así, día tras día,

iba vendiéndose en partes,

hasta que un martes sin nombre

alguien gritó:

“¡lo compro todo!”


Pero ya era tarde.

Ya no quedaba

ni él.





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