Cosas que no se enseñan

Hay días en que la vida no avisa,

empuja suave o golpea seco,

y uno sólo alcanza a parpadear

antes de tener que seguir.


No hay mapas para ciertos comienzos,

ni refugio donde esperar respuestas.

Así aprendemos a andar,

no porque sepamos,

sino porque no hay otra opción.


A veces lo que debería cuidar, hiere,

y uno aprende a cerrarse

como quien guarda una carta sin leerla,

por miedo a lo que diga,

o a lo que no diga.


Con el tiempo,

uno descubre que hay aprendizajes

que no vienen con palabras,

sino con silencios, pérdidas,

y esos días largos donde el alma pesa.


Pero también con los años

aprendemos a sostenernos,

a cuidar lo que elegimos como propio,

a reconocer el cansancio ajeno

y a no esperar perfección en nadie.


Y sí,

todavía hay días donde la fuerza flaquea,

donde el mundo parece demasiado,

pero ya no es igual:

ahora entendemos que sentirse mal

no es fracasar,

es apenas una pausa,

una respiración honda

antes de seguir.


Porque las emociones ya no nos arrastran,

hemos aprendido a observarlas,

a no gastar energía en lo que no vale,

a guardar la fuerza para lo que sí importa.


Seguimos siendo sensibles,

pero también más sabios,

y más fieles a nosotros mismos.


Y entendimos que muchas veces

la mala racha no es el final,

sino una sombra pasajera

antes de que vuelva la luz.


Que hay finales que sólo parecen tristes,

pero en el fondo

ya están abriendo otra historia.


Lo que nos tocó vivir

no siempre lo elegimos,

pero lo que hacemos con eso…

eso sí.





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