A la perfecta desmedida

Perdona que lo diga así, a quemarropa y sin metáfora,
pero a veces siento que sigues aquí,
aunque despiertes en una cama que no es la mía,
aunque tu respiración no roce la cortina ni la almohada
donde todavía se acomoda tu nombre.

Te veo a ratos,
y esos ratos se estiran como chicle de infancia,
como una melodía que no quiere acabarse.
Nos cruzamos por senderos que a veces se abrazan y otras se esquivan,
y sin embargo —qué ironía hermosa—
hay partes de ti que parecen hechas para completar mis ausencias.
Tus besos, por ejemplo,
parecen tener la exacta temperatura para calmar mis enojos.
Tus labios, sin quererlo,
le dan respuestas suaves a mis dudas más duras.
Y yo, que nunca supe bien cómo dar cariño sin romperlo,
descubrí que mis manos nacieron
para acariciar tus miedos con la torpeza más sincera.

Quizá lo invento todo,
quizá es el truco del insomnio mezclado con el recuerdo,
o tal vez es verdad y simplemente me nacen estas palabras
porque no sé otra forma de pensarte.

Y si las escribo, es porque duele bonito.
Porque decirlas es como darte un beso lento
a través de un papel que no tiembla.
Es que a veces me asombra lo fácil que fue quererte.
Tu olor (sí, tu olor) se me quedó prendido
como el eco de una canción buena en los pasillos del alma.

Tu forma de mirarme,
de soltarme un poco y volver con todo,
esa manera tuya de dejar que mis intenciones
se conviertan en tacto,
y que el tacto, sin prisa,
nos conduzca al milagro de coincidir.

No sé si esto es amor,
o si es simplemente el resultado hermoso
de haber tropezado contigo
en este mundo tan lleno de medidas.
Pero si algo tengo claro
es que tú fuiste —y sigues siendo—
mi perfecta desmedida.


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