Los espejos siempre aprenden a hablar

 

A veces no comenzamos una historia, sino un reflejo. No nace de un hecho, sino de una sensación persistente: la distancia silenciosa entre lo que mostramos y lo que realmente somos cuando nadie mira. Este texto no habla de una persona, ni de un momento, ni de una caída concreta. Habla de algo más sutil y más común: la lenta construcción de una imagen que, con el tiempo, empieza a exigirnos que la defendamos… incluso de nosotros mismos.

Hay decisiones que no hacen ruido. Hay verdades que no se publican. Y hay espejos que, tarde o temprano, dejan de reflejar lo que queremos ver.

De eso trata lo que sigue.


Hay algo curioso en los espejos: no devuelven lo que somos, sino lo que insistimos en mirar. A fuerza de repetirse, la imagen termina por volverse verdad… o al menos una verdad habitable. Porque es más fácil habitar la versión luminosa de uno mismo que recorrer el pasillo estrecho donde esperan las decisiones que no se cuentan.

No fue un acto repentino. Nadie despierta un día siendo incoherente. Primero fue una concesión pequeña, casi justificable; después, una conversación en voz baja; luego, el silencio. Y el silencio (ese viejo arquitecto) empezó a construir una historia paralela, una donde las acciones no coincidían con las palabras, pero donde la narrativa seguía intacta, impecable, devota.

Lo inquietante no es la caída, sino la convicción. La certeza íntima de seguir siendo correcto aun cuando los hechos empiezan a contradecir el relato. Porque llega un punto en que uno no miente para engañar a otros, sino para no romper la versión de sí mismo que tanto esfuerzo costó construir.

Y entonces ocurre lo inevitable: se juzga desde un pedestal que ya no existe. Se señala, se exige, se reclama justicia, sin advertir que, del otro lado del espejo, alguien observa en silencio, no con sorpresa, sino con la calma de quien ya ha visto el guion completo.

La verdadera prueba de la ética no aparece cuando todo es justo, sino cuando el mundo parece injusto con nosotros. La integridad no se demuestra en lo que proclamamos, sino en lo que elegimos cuando nadie aplaude, cuando nadie mira, cuando la tentación de justificarlo todo parece razonable.

Porque al final (y esto siempre llega) uno no es lo que dice creer, ni lo que muestra, ni siquiera lo que recuerda haber sido.
Uno es, silenciosamente, la suma de las decisiones que tomó cuando pensó que nadie se daria cuenta.

Y los espejos… los espejos siempre terminan aprendiendo a hablar.




Comentarios

Top 3