La plaza invisible
Hay una plaza invisible donde todos parecen felices. La llaman red, aunque no sostiene personas —sostiene versiones. Allí la vida no ocurre: se selecciona, se corrige, se encuadra. Cada gesto tiene luz. Cada sonrisa tiene intención. Cada silencio tiene edición.
En ese lugar nadie tropieza, nadie duda, nadie se rompe.
O al menos, nadie lo muestra.
Las fotografías enseñan mesas llenas, abrazos completos, risas abiertas. “Amigos”, dicen. “Momentos”, escriben. “Gratitud”, repiten. Y durante unos segundos (quizá minutos) todo parece cierto. La vida perfecta, el círculo intacto, el alma en paz.
Pero fuera del encuadre, la historia respira distinto.
Hay conversaciones que terminan en silencio. Hay cuartos donde la luz no entra. Hay noches donde la certeza se rompe sin testigos. Hay decepciones pequeñas (y otras no tanto) que no caben en una publicación. Y sin embargo, al día siguiente, la imagen vuelve a aparecer intacta, como si nada hubiera ocurrido.
No es mentira absoluta. Es selección.
Se aprende pronto qué partes de la vida reciben luz y cuáles deben permanecer en sombra. No por maldad, sino por miedo. Miedo a no parecer suficiente. Miedo a que el personaje se fracture. Miedo a que alguien descubra que, detrás del control que mostramos, existe una realidad que todavía estamos intentando comprender.
Y entonces ocurre algo silencioso.
Uno empieza a creer su propia versión.
No la que vive, sino la que publica. La que sonríe siempre. La que puede con todo. La que no se equivoca. La que observa, juzga, opina, desde una altura construida con fragmentos cuidadosamente elegidos. Porque es más fácil sostener una imagen firme que aceptar una verdad inestable.
Así, día tras día, la persona se convence de que todo está en orden. Que la vida avanza recta. Que el alma está tranquila. Aunque, lejos de la pantalla, la historia sea otra.
Y quizá ese sea el punto más delicado: cuando ya no fingimos para el mundo, sino para nosotros mismos.
Porque las redes no obligan a mentir.
Solo permiten elegir qué verdad estamos dispuestos a mostrar…
y cuál preferimos no mirar.
Y en esa elección repetida —suave, diaria, casi invisible— algunos terminan viviendo dentro de una vida que solo existe cuando hay luz, encuadre y testigos.
Mientras tanto, fuera de la plaza, la vida real sigue ocurriendo. Sin filtros. Sin aplausos. Sin versión.
Esperando, tal vez, a que alguien se atreva a vivirla realmente.




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