Avra Kedabra
No es una palabra:
es una manera de empezar.
Antes de cualquier truco,
antes de que alguien creyera en la magia,
ya estaba la intuición más antigua y más peligrosa:
la voz crea.
En el Génesis no hay manos moldeando el mundo.
No hay uñas con barro,
ni sudor,
ni esfuerzo visible.
No se dice hizo.
Se dice dijo.
“Sea la luz.”
Y la luz, obediente, aparece.
No hay explicación.
No hay proceso.
Solo una frase lanzada al vacío
con la seguridad de quien sabe
que el vacío escucha.
Ahí empieza todo.
No con materia,
sino con dirección.
Desde entonces repetimos el gesto,
a escala humana,
sin darnos cuenta.
Cuando alguien dice “esto siempre me pasa”,
el mundo toma nota
y ajusta el guion.
No por maldad,
sino por costumbre.
Cuando alguien insiste en “yo no sirvo”,
el cuerpo aprende la frase
como aprende una postura:
de tanto repetirla,
se queda así.
Pero también existe el otro uso.
Alguien dice “quedate”
y un hogar empieza a formarse
aunque todavía no tenga nombre.
Alguien dice “voy a intentarlo”
y no cambia el destino,
pero cambia el paso,
y a veces eso es suficiente para torcer la historia.
Hablamos como si hablar fuera inofensivo.
Como si las palabras no fueran pequeñas órdenes
dadas al futuro.
El Génesis no describe un milagro:
describe un método.
Uno que seguimos usando
en la cocina,
en la cama,
en la cabeza
a las tres de la mañana.
No somos hechos solo de carne,
sino de frases que se repiten.
De relatos que aceptamos.
De comandos que lanzamos sin saber
que alguien o algo
todavía está escuchando.
Tal vez por eso seguimos hablando.
Porque, aunque finjamos no creer,
hay una parte nuestra
que sigue diciendo las cosas
como si importaran.
Como si la luz
aún pudiera obedecer.




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