Lo que el fuego aprende cuando nadie corre
Cada vez que absorbemos el caos
le enseñamos a otros
que el caos funciona.
No por maldad,
por costumbre.
Si alguien llega siempre,
nadie aprende a llegar.
Si alguien traduce todo,
nadie aprende a decir.
Si alguien sostiene,
el sistema se recuesta
y duerme.
Ayudar sin límites no es liderazgo,
es desgaste con buena intención,
es confundir ser útil
con ser necesario.
Y eso cansa distinto:
no de golpe,
sino despacio,
como se gasta la gente que no se va
porque “todavía puede aguantar un poco más”.
Nadie te va a agradecer
haberte quemado.
La realidad no tiene memoria
para los que sostienen en silencio.
Cuando caen,
solo queda el hueco
y la pregunta incómoda:
“¿Quién sigue?”
Muchos confunden cercanía
con responsabilidad.
Creen que si sueltan,
todo se rompe.
No ven que muchas cosas
solo existen
porque alguien se está rompiendo por dentro.
Pero hay estructuras
que solo entienden
cuando algo cae.
No escuchan avisos.
No leen buenas intenciones.
Aprenden cuando el peso
ya no tiene dónde apoyarse.
A veces lo que debe morir
no es una persona,
es el hábito de cargar lo que no le toca,
la costumbre de llegar antes,
de quedarse después,
de arreglar lo que otros
ni siquiera intentaron cuidar.
Soltar no es rendirse.
Es dejar de mentirle al sistema
con el propio cuerpo.
Porque cuando ya no estás,
cuando no llegás,
cuando no salvás,
pasan dos cosas reales:
o alguien aprende,
o todo se cae.
Y cualquiera que haya vivido lo suficiente
sabe esto:
si algo solo se mantiene
a costa de quemarte,
no estaba funcionando.
Solo estaba
usándote.
Y no hay justicia poética en eso.
Solo desgaste mal repartido.
Hay quienes se queman
sin darse cuenta,
convencidos de que aguantar
era una virtud
y no una trampa.
No leyeron esto.
No llegaron a tiempo.
Nadie los detuvo.
El sistema siguió.
El incendio también.
Y lo más brutal
lo que da rabia de verdad
es que después
todo continuó
como si nunca
hubieran estado ahí.




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