Cuerpo Celeste

Tu nombre me orbita los labios
como un cometa ardiente que no se cansa de volver.
Tu belleza me colapsa las pupilas,
como si cada parpadeo fuera un eclipse,
y mi alma —gravemente expuesta—
se expande, se abre, se revela, se encuentra.

Eres sol en mi sistema,
la estrella que equilibra cada órbita errante de mis días.
Incluso desde la distancia,
irradiás un calor que deshiela los hemisferios de mi fe.
Ven, estrella errante,
acércate con la lentitud exacta de la luna,
y si he de morir por tenerte cerca,
que sea entre tus brazos,
en el silencio rotatorio de tu cuna.

Eres la energía oscura que sostiene este universo en expansión,
el fulgor primordial que brilla
como el núcleo de una galaxia que apenas despierta.
Eres el destino tatuado en la constelación de mi pecho,
el mapa estelar que este corazón desvelado
nunca ha dejado de seguir.

Pero ahora te alejas,
como todo lo bello que desafía la gravedad.
Te desvaneces en la vastedad sideral
y mi necesidad de ti parece ínfima,
una partícula sin masa en tu universo colosal.

Con cada milla que nos separa,
me acerco a la orilla de lo inevitable.
La conciencia flota, suspendida
en el vacío absoluto de no tenerte,
como una soledad antigua,
como un abismo que flota dentro de otro abismo.

Y aun así —mujer cósmica—
mi alma sigue trazando tus coordenadas,
esperando, tal vez,
que una aurora de ti
rompa otra vez mi noche.


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